lunes, 11 de febrero de 2008

Teotihuacan, la Ciudad de los Muertos


A unas decenas de kilómetros de Ciudad de México se encuentran los restos de la misteriosa ciudad monumental de Teotihuacan, que en la época en la que los aztecas eran una civilización en el cénit de su poder ya era un antiguo lugar de culto heredado de una civilización anterior desaparecida.

Tuve la fortuna de recorrer Teotihuacan en visita privada, acompañado por dos expertos guías que no sólo me mostraron el lugar, sino que sobre todo me ayudaron a entender su significado. Porque más allá de su impresionante apariencia pétrea Teotihuacan fue un centro espiritual mesoamericano comparable al Vaticano o a La Meca actuales, y también una urbe habitada por decenas de miles de personas.

Teotihuacan se organiza alrededor de un gran y único eje, la Avenida de los Muertos. A ella se asoman las descomunales pirámides del Sol y de la Luna, una serie de grandes plataformas ceremoniales y otros edificios de carácter cívico y religioso. Impresiona el sentido urbanístico con que está trazada la ciudad, y el buscado efecto monumental que sus constructores lograron imprimirle. El ánimo queda en suspenso contemplando las proporciones de las construcciones y la calculada y precisa distribución espacial de todo el conjunto. Nada fue dejado aquí al azar, e incluso parecen haber estado perfectamente previstos y delimitados los espacios que durante las ceremonias que se desarrollaban en la ciudad ocupaban las diferentes castas y clases que componían la sociedad teotihuacana.

En realidad, lo poco que sabemos de este lugar es lo que sobre él nos trasmitieron los aztecas, una información escasamente fiable respecto a sus orígenes reales ya que los aztecas reciclaron Teotihuacan tras adoptarlo como centro ceremonial propio, en un ejercicio de sincretismo religioso semejante al practicado por religiones mejor conocidas por nosotros. Parece que para la civilización azteca, Teotihuacan era el lugar de nacimiento del Quinto Sol, el inicio por tanto de la era que según los antiguos mesoamericanos estamos viviendo y que finalizará con un gran terremoto y el exterminio total de la Humanidad. ¿Quiénes fueron los teotihuacanos, y por qué desaparecieron? No lo sabemos, y acaso no lleguemos a saberlo nunca.

martes, 29 de enero de 2008

Darling Harbour, una marina mediterránea en los mares del Sur


Lo primero que sorprende al viajero europeo que llega a Sidney es el ambiente relajado que respira la ciudad. La urbe entera parece disolverse en una densa trama de amplios jardines y extensos parques urbanos, y salvo las pocas manzanas que conforman el centro financiero, donde el tráfico peatonal es aún más acelerado y numeroso que el de los automóviles, el resto de la ciudad disfruta de un ritmo de vida tan sosegado que parece aldeano.

Sidney es una ciudad diseñada para ser caminada. En pocos lugares del mundo como en ella se tiene esa sensación placentera de que desplazarse entre dos puntos urbanos puede ser una actividad gozosa, una forma espléndida de perder el tiempo disfrutando las ventajas de un paseo al aire libre. Obviamente si uno tiene prisa el transporte público le ofrece soluciones eficientes y rápidas, desde luego, pero lo más grato en esta ciudad es caminar y observar.

Y ningún otro lugar de Sidney para caminar y observar como Darling Harbour. El viejo puerto de Sidney ha sido transformado en pocos años en un centro de ocio al aire libre que puede compararse, con ventaja, con sus homólogos de la Europa del sur, cuya influencia es evidente en el diseño y usos de este espacio público singular. En efecto, la marina de Sidney recuerda poderosamente las de ciudades mediterráneas como Barcelona o Tel Aviv, si bien sus dimensiones no guardan proporción alguna; Darling Harbour abarca desde el límite de Chinatown hasta prácticamente Opera House, una superficie que por ejemplo multiplica por mucho el área que ocupa la fachada marítima barcelonesa dedicada al ocio.

El clima y la luz, al menos a finales de septiembre, mes en que visité Sidney, hacen el resto. En esa época el calor sureño y un cielo intensamente azul invitan a vivir Darling Harbour durante el día, y una temperatura suave y el ambiente bullicioso a disfrutarlo durante la noche, algo que es una verdadera rareza en los países anglosajones. Todo Darling Harbour hierve en un sinfín de terrazas de restaurantes y bares para todos los bolsillos y paladares, muelles de embarcaciones de recreo y turismo, museos, acuarios, centros comerciales...

Es domingo por la mañana, y cerca de la parada del monoraíl, no lejos del muelle del Museo Marítimo y justo enfrente del Acuario, un grupo folklórico portugués baila danzas de su país rodeados de curiosos, mientras a pie del pequeño escenario aguarda su turno un grupo marroquí y otros esperan su turno, en una muestra artística patrocinada por el Ayuntamiento de la ciudad. Unos paneles estratégicamente situados a lo largo de los muelles informan de que en octubre comienza una semana dedicada a la cultura española, y singularmente al flamenco. En un gran parque circular entre Chinatown y el pórtico de acceso a Darling Harbour la comunidad armenia en Australia celebra un fin de semana dedicado a su cultura de origen, con estands donde se prueba comida típica y pueden comprarse productos armenios de toda clase, mientras suena música tradicional y jóvenes con trajes del país se mueven alegres y bullangueros entre ciudadanos y forasteros. Sobre el césped que alfombra toda la plaza se lee un cartel que veré en otros parques y jardines de Sidney: "Por favor, pisen el césped".

Definitivamente, Darling Harbour es un espacio público único, nacido del cruce entre un urbanismo hijo directo del multicultural, abigarrado y divertido mundo mediterráneo, y la concepción cívica anglosajona clásica, en la que priman por encima de todas las cosas el orden, la limpieza y el culto a la autoridad. Un raro combinado, que por increíble que pueda parecer funciona a las mil maravillas; al menos, en Darling Harbour.

lunes, 31 de diciembre de 2007

El mundo judío vuelve a la clandestinidad en Amsterdam


Cuando era adolescente, el diario que escribiera Ana Frank, la muchacha judía que junto con su familia vivió varios años ocultándose de los nazis en el trastero de una casa de Amsterdam, era un libro enormemente popular que, sin embargo, reconozco no haber leído. No sé por qué nunca cayó en mis manos, aunque siempre me emocionó la triste historia de Ana y sus compañeros, esa epopeya cotidiana que discurrió entre cuatro paredes. Una vivencia -como se decía por aquél entonces-, que de alguna manera encarna y resume los padecimientos de millones de seres humanos en aquella Europa sumergida en el horror nazi.

Muchos años más tarde nos enteramos de que también en España habían existido personas que tras el triunfo del franquismo en la mal llamada Guerra Civil vivieron escondidos, algunos durante décadas, en refugios similares al que habitó Ana Frank. Al cabo, el mal que la Peste Parda extendió sobre el Viejo Continente no conoció fronteras, y en España se prolongó nada menos que hasta 1975.
Por tanto, al llegar a Amsterdam me pareció ineludible que mi primera visita fuera al museo Ana Frank. Desde que comencé a planificar mi viaje de vuelta al mundo, consideré ésa visita como uno de los hitos principales del programa que me impuse. Así fue como una mañana lluviosa, recién llegado a la ciudad holandesa y antes de la hora en que se abre al público, ya estaba haciendo cola en la entrada de la casa-museo.

Una vez en el vestíbulo de acceso me dejó perplejo el despliegue de seguridad. No esperaba aquello: taquillas con cristales blindados, tipos fornidos revisando bolsos, escanner, arco detector...Ya sé que vivimos tiempos en los que la religión de la seguridad ha invadido hasta los aspectos más nimios de nuestra vida, al menos de la parte que desarrollamos en escenarios públicos, pero mi impresión primera fue que todo aquello resultaba excesivo y quizás incluso gratuito.

La casa de Anna Frank bunkerizada parecía una metáfora de algo que me costaba concretar. Enseguida recordé, sin embargo, cómo cerca de la entrada del museo, acodados de espaldas al canal cercano, cuatro o cinco mozalbetes holandeses observaban entre comentarios y risitas a las personas que formábamos la cola; su aspecto no difería de lo que la prensa española suele llamar pudorosamente "estética neonazi".

Un par de días después intenté visitar el Museo Histórico Judío, situado en el corazón del antiguo Barrio Judío (barrio, que no ghetto) de la ciudad. Tenía su dirección, contrastada en varias guías, así que llegué fácilmente hasta el edificio.... pero allá no había placa que identificara museo ni instalación pública alguna. La puerta permanecía cerrada, no había ningún rótulo con horarios de apertura o cualquier otra información, y en todo el exterior del caserón que supuestamente alberga el museo nada delataba su uso interno. Sólo un cartel fijado sobre la reja que cierra un espacio entre dos alas advertía con contundencia a los potenciales intrusos que allí hay dobermans sueltos.

Opté por marcharme, desilusionado. En una ciudad con la fama de abierta y tolerante que tiene Amsterdam, donde desde hace siglos los judíos han tenido la más plena libertad y gozado de la simpatía popular, la memoria judía parece haberse refugiado de repente en las catacumbas.

Y eso es una mala señal, una muy mala señal, para todos, judíos y no judíos: significa que el clima de intolerancia y racismo –el fascismo, en definitiva- han vuelto a Amsterdam, como en los días en que Ana Frank escribió su diario.

domingo, 2 de diciembre de 2007

La Manila vasca. Breve recorrido por el barrio de Intramuros


Un turista no avisado que pasee por las calles de Intramuros, la vieja ciudad colonial amurallada que fue el epicentro de Manila y de toda Filipinas durante casi quinientos años, se sorprenderá al encontrar varias calles rotuladas con nombres de claras resonancias vascas.

A 12.000 km. de la población vasca más cercana,
Legaspi st (sic), Urdaneta st. y Basco st. recuerdan desde sus placas de identificación el papel importante que muchos hijos de Euskalherria jugaron en la vida de la antigua colonia española. Marineros, frailes, soldados y comerciantes originarios del País Vasco se establecieron en estas tierras lejanas en época del Imperio, cuando se decía que Manila era la ciudad más hermosa y rica de Asia. Muchos de ellos quedaron aquí luego de la independencia filipina, y la guía telefónica local ofrece múltiples ejemplos de apellidos de origen vasco.

Ricardo Larrabeiti relaciona hasta 50 nombres de origen vasco en el callejero de Manila. En Intramuros en concreto, y sin ánimo exhaustivo, anoté los tres nombres a los que me refería antes, pero seguro que un repaso cuidadoso daría muchos más.

Legaspi st.:

Miguel de Legazpi, natural de Zumárraga, fue marino y descubridor destacado. Pasó por México, exploró el Pacífico, y fue el fundador de la ciudad de Manila y primer capitán general de Filipinas (mediados del siglo XVI).

Legaspi st. es una calle trasversal de Intramuros, perpendicular a la calles Real y Anda, nervios centrales de la vieja ciudad amurallada.

Urdaneta st.:

Fray Andrés de Urdaneta nació en Ordizia. Tras una estancia en México llegó a Filipinas, donde colaboró con Legazpi. Marinero y explorador además de fraile, el nombre de Urdaneta se asocia a la ruta seguida durante siglos por el “galeón de Manila”, el barco que una vez al año cubría la ruta entre la capital filipina y la ciudad mexicana de Acapulco.

Urdaneta st. se halla junto a la plaza San Luis. Entre diversos edificios de cierto empaque, en Urdaneta st. destaca un caserón bien restaurado que presenta unos ventanales bellamente enmarcados por maderas pintadas en blanco y gris, un conjunto de inequívoco sabor norteño que hace pensar en que probablemente fuera levantado por algún rico comerciante vasco.

Basco st.:

Basco st. es una callecita próxima a la iglesia de San Agustín, uno de los pocos edificios de Intramuros que conservan lienzos de pared originales y por tanto anteriores a la destrucción casi total de la ciudad durante el asalto norteamericano de 1945.

Por el extremo que da a San Agustín la calleja es prácticamente un barrizal sin urbanizar. En el otro extremo hay un puñado de casitas de una planta, reconvertidas en chabolas por el tiempo y la pobreza. Las personas que las habitan desconocen cúal puede ser el origen del nombre de su calle -que antes se llamaba “Basque” en inglés, y ahora “Basco” en tagalo-, y no saben a qué se refiere.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

La isla de Pascua en los albores del siglo XXI. Asimilación cultural, impacto de la globalización y renacimiento de una cultura única (y 2)


Aculturación, chilenización y globalización.

La aculturación entre los rapanui es muy fuerte, sobre todo en cuanto se refiere a la cultura material y a la vida cotidiana. La primera impresión por tanto que tiene el viajero es que la asimilación de los rapanui por la cultura estándar chilena es total, y que sólo algunos elementos de carácter folklórico conservan cierta especificidad diferenciada.

Es una percepción engañosa. Más allá de las danzas polinesias al gusto turístico y de la celebración anual de un festival de reivindicación rapanui, late entre los pascuenses aborigenes la conciencia de una identidad cultural diferenciada, que al carecer casi por completo de elementos vigentes en el presente ellos legitiman en un pasado al que idealizan y usan en función de sus reivindicaciones actuales. Un pasado mitificado que para los pascuenses además de ser fuente de orgullo individual y colectivo y lenitivo para la situación presente, es también ingrediente principal en la construcción de una identidad con proyección hacia el futuro.

La chilenización resulta pues un proceso forzado y contracorriente, claramente impulsado por las autoridades chilenas so capa de promover la integración de los isleños. Obviamente los principales agentes de esta política asimilacionista son los continentales establecidos en la isla, aunque al menos una parte de éstos termine por mezclarse con la población aborigen. Muchos mestizos se consideran más cercanos a la identidad isleña –entendida ésta en un sentido amplio, no estrictamente rapanui-, que a la parte de sus orígenes que remite al continente.

El domingo 9 de septiembre de 2007, coincidiendo con mi estancia en la isla, se celebró un año más la conmemoración de la fecha en que Pascua fue anexionada por Chile. En esta ocasión los actos oficiales fueron presididos por la nueva Jefa del Estado chileno, Michelle Bachelet.

De hecho, desde algunos días antes la isla había comenzado ha engalanarse para el evento. Muchos automóviles circulaban por Hanga Roa luciendo dos banderitas chilenas en su parte delantera, cada una a un lado del morro del vehículo; algunos otros coches, muy pocos en realidad, circulaban llevando una banderita chilena y la propia de la isla de Pascua (una ballena doble de color rojo sobre fondo blanco), e incluso recuerdo haber visto uno o dos coches con sólo la banderita pascuense. Amén de los oficiales, algunos edificios privados lucían asimismo banderitas. En el exterior de un par de viviendas, unas pancartas caseras saludaban a la presidenta Bachelet.

Ese domingo cerraron todos los negocios propiedad de chilenos, y algunas tiendas con dueño europeo; los comercios con propietario rapanui, en cambio, abrieron en su práctica totalidad. Un aparatoso buque de guerra de la Armada chilena montó guardia mar adentro, teniendo Hanga Roa a tiro de cañón.

La ceremonia pascuense del 9 de septiembre es la piedra angular simbólica de la política asimilacionista que el Estado chileno desarrolla en Pascua. Mediante ella se pretende mostrar lo supuestamente irreversible que es la chilenización de la isla, y cómo ésta es aceptada de buen grado por todos los habitantes de Rapa Nui. Es la ocasión pues para mostrar el alto grado de “integración” de mestizos y rapanui en los esquemas ideológicos chilenos. La utilización de los escolares como participantes activos en la ceremonia cívico-militar resulta, en ese sentido, paradigmática.

Y sin embargo, el tono crispadamente patriótico de los discursos políticos, la proliferación de los uniformes de gala por encima de las vestimentas civiles, y el fuerte despliegue de agresivos y nada disimulados policías secretas, hablan de una realidad muy diferente. Las autoridades chilenas saben que Pascua es una colonia, y al margen de la retórica que impregna sus discursos oficiales actúan en consecuencia.

Pero como no podía ser menos, y a pesar de los esfuerzos chilenos, la sociedad pascuense se halla en pleno proceso de globalización, y es ahí donde comienzan a naufragar las políticas asimilacionistas y restrictivas. Ni siquiera en un lugar tan remoto como Pascua es posible sustraerse a los efectos de la globalización, y ante ella caen pulverizadas todas las barreras; las primeras, las restricciones mentales. La modernidad y la postmodernidad han irrumpido casi a la vez en la isla de Pascua, y con ellas el turismo de masas (modestas masas todavía en cuanto a número, pero aún así ya perceptibles). Las mentalidades entran en contacto e intercambian información y puntos de vista. El mundo visto desde Pascua se ensancha, y ya no se limita a Chile.

Muchos rapanui, sobre todo jóvenes, se sienten discriminados en su propia tierra. Con razón o sin ella, se asegura que los mejores puestos de trabajo en la isla –sobre todo, los relacionados con el turismo- se reservan a los “contis”, marginando a los pascuenses rapanui y mestizos. Será cierto o no que existe esa discriminación, pero la idea está arraigada y se comenta sin tapujos ante el extranjero europeo.

Además, los rapanui son conscientes de que el turismo constituye una fuente de ingresos que por sí sola bastaría para sostener económicamente la isla, siempre que sus beneficios revirtieran exclusivamente sobre sus habitantes, cosa que ahora no sucede.

A la larga, esa suma de factores –el ensanchamiento del universo mental rapanui merced a la globalización, la conciencia de sentirse discriminados en su propia tierra y por extranjeros, y el tener al alcance de la mano un instrumento económico que haría viable un proyecto político-administrativo propio-, terminará por generar un movimiento político que pretenda dotar a Pascua de una voz propia en el mundo moderno. Más aún que la conciencia de una especificidad cultural, real aunque remota y desfigurada por el tiempo, lo que está lanzando el independentismo pascuense es la necesidad de construir un futuro para toda la comunidad.

Renacimiento o extinción.

Una conversación con un joven rapanui durante un atardecer en Tahai me dio algunas pistas sobre los sentimientos que estos aborigenes albergan en relación con el presente de su isla, y sobre con el futuro que desean para ella. Tras dar algunas vueltas a temas colaterales diversos como el fútbol y trivialidades semejantes, me encontré de pronto que la conversación derivaba hacia el impacto del turismo en Pascua; ante mi queja del modo masivo e irresponsable en que residentes y turistas hacen uso de vehículos privados (automóviles, camionetas y motos, principalmente) en un territorio tan pequeño y limitado, el joven me replicó suavemente: “Pero esto es el progreso, ¿no es verdad? Al menos así nos lo explicaron”. Los dos sonreímos.

Es obvio que estos muchachos ya saben que el progreso no consiste en infestar Pascua de automóviles y motocicletas circulando arriba y abajo a todas horas. Y lo que es mucho más importante, empiezan a saber también que hay otra versión del progreso; una versión que además de ser más respetuosa con su propia cosmovisión y con el entorno natural, si se llevara a la práctica facilitaría con seguridad una vida material mejor que la actual para ellos y para sus descendientes.

Por fortuna, entre los jóvenes rapanui y mestizos es palpable ya el interés por conjugar esa reivindicación de una personalidad cultural propia, con una visión moderna y abierta del futuro de su comunidad. Precisamente la generación de rapanui más educada y por decirlo de algún modo, más “viajada” (aunque por ahora sea sólo a Chile), es la que está impulsando el interés por recuperar una cultura que hace apenas una década podía darse prácticamente por extinguida.

Sin embargo, éste es aún un esfuerzo minoritario y, como señalaba antes, con traducción todavía más cultural y etnográfica que social y política, que además deberá enfrentar más pronto o más tarde fuerzas contrarias muy poderosas y poco amigas de especificidades, aunque por ahora las autoridades chilenas dejen hacer e incluso potencien la vertiente folklórica de este modesto renacimiento rapanui.

No hay otras alternativas. Si este movimiento de recuperación y regeneración se estancara y no lograra protagonizar los próximos años en Pascua, el único horizonte que se abrirá ante la cultura pascuense será su completa extinción y substitución por un pastiche mezcla de “chilenidad” y globalización, cuyas referencias más genuinamente pascuenses serán la famosa película de Kevin Costner y las danzas para turistas interpretadas por chicas con poca ropa.

La extinción completa y para siempre de una joya única como es la cultura de Rapa Nui, es un lujo que la Humanidad no debería permitirse. Algo habrá que hacer pues, también desde estas orillas
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viernes, 23 de noviembre de 2007

La isla de Pascua en los albores del siglo XXI. Asimilación cultural, impacto de la globalización y renacimiento de una cultura única (1)


Un lugar de leyenda

Rapa Nui (Isla Grande, en lengua polinesia) es un peñasco de forma triangular y 160 km. cuadrados de superficie que aflora en solitario, rodeado por la inmensidad del Océano Pacífico. Refiriéndose a la situación de la isla que constituye su hogar, los ancianos rapanui dicen con humor que en realidad no es que ellos vivan aislados, sino que el resto del mundo está lejos.

Y en cierto modo, es así. Situada a 2200 km. de la tierra más cercana, la isla Pitcairn, a 3.700 km. de la costa del continente americano y a 4.500 km. de Tahití, Rapa Nui ha constituido durante milenios un microcosmos cerrado sobre sí mismo y en cierto modo autosuficiente, tardíamente poblado y aún más tardíamente incorporado a eso que antes se llamaba “la civilización”.

Los polinesios desembarcaron en la isla y comenzaron a poblarla hacia el siglo VI de nuestra era. La llamaron en su lengua Te Pito o te Henua, es decir “El Ombligo del Mundo”. Cuenta la leyenda fundacional aborigen que los primeros hombres que pusieron pie en Rapa Nui fueron los Siete Exploradores enviados por el Ariki Hotu Matu'a, quien sería el primer rey conocido de la isla; sin embargo, va cobrando fuerza la hipótesis de que ésta seguramente ya estaba poblada entonces. ¿Por quién y desde cuándo? Aún no hay indicios claros.

La conversión en colonia chilena

El conocimiento de que existía Rapa Nui no llegó a Europa hasta el siglo XVIII. Fue el día de Pascua de 1722 cuando la isla fue avistada por vez primera por un europeo -un navegante holandés-, recibiendo por ese motivo el que hoy sigue siendo su nombre oficial, aunque también se la conozca por su antiguo nombre polinesio y algo menos, por el que le dieron los nativos pascuenses.

Convertida en puerto de escala en las navegaciones oceánicas del Pacífico, intereses peruanos y chilenos pugnaron por el control de la isla a lo largo del siglo XIX. En ese período sus habitantes vivieron los años más negros de su historia; la población autóctona estuvo a punto de desaparecer, víctima de los traficantes de esclavos y de las epidemias.

A finales del siglo XIX, Policarpo Toro, un aventurero chileno, logró forzar a los jefes rapanui a aceptar un tratado que en la práctica convertía a la isla en una colonia de Chile. Se arrebataba la posesión de la tierra a los isleños –si bien en su interpretación del tratado los rapanui afirman que en él se cedía “lo de arriba pero no lo de abajo”, es decir el terreno pero no el territorio- y se les convertía en extraños en su propia casa. Confinados tras una cerca de alambre espinoso que les separaba de las que habían sido sus tierras, ahora en manos de extranjeros, ni siquiera se permitía a los nativos ir a Hanga Roa, el pequeño pueblo que ejerce como capital de la isla, y se les prohibía además salir de ésta.

La presencia en un territorio tan pequeño de la Armada de Chile y de otros elementos militares de ése país fue –y en cierto modo, sigue siendo- asfixiante, además de injustificada. El supuesto temor chileno a una invasión de sus costas por otro país que usara la isla de Pascua como base de partida para el ataque, no es más que una excusa de geoestrategia decimonónica.

Sólo en 1966, tras un levantamiento aborigen duramente reprimido y una posterior y fuerte campaña de prensa en los medios de comunicación chilenos, se abolió el apartheid de hecho que imperaba en la isla y se les concedió a los rapanui la nacionalidad chilena. Hoy la isla de Pascua forma parte de la provincia de Valparaíso, de la cual, como decía antes, dista 3.700 km.

Testimonios europeos del desastre.

La primera referencia de enjundia literaria sobre Pascua la dio el escritor Pierre Loti (1), quien visitó la isla en 1872 durante un viaje a bordo de una fragata de la Armada francesa en la que servía como guardiamarina.

A pesar de su juventud, Loti describió con maestría el estado de postración en el que vivían los nativos rapanui, así como el proceso de desaparición de sus referentes culturales. En aquella época ya nadie recordaba qué significaban los moais, las esculturas labradas en piedra volcánica, que yacían derribados por tierra desde hacía siglos. El culto substitutivo en honor del dios Make-Make había celebrado su última ceremonia del Hombre-Pájaro apenas cinco años antes de la visita de Loti.

Ya en el siglo XX, se estableció en la isla el misionero alemán Sebastián Englert. El sacerdote se apasionó pronto por la cultura rapanui, convirtiéndose en el primer y acaso el más importante estudioso que haya abordado su conocimiento desde la antropología cultural. Su trabajo de campo etnológico en Pascua sigue siendo hoy referencial para el conocimiento de esta cultura (2).

Englert no fue solo un entregado investigador. También dedicó una gran parte de su tiempo a la divulgación, publicando libros y dando conferencias sobre la cultura pascuense. Sin embargo, no parece que el padre Englert estuviera muy preocupado por las miserables condiciones materiales de vida en que vegetaban los aborigenes contemporáneos suyos, y tampoco por el dominio explotador que los propietarios chilenos ejercían sobre la isla y sus escasos recursos.

Apenas un año antes de que el cura Englert llegara a Pascua, Alfred Métraux y un pequeño grupo de investigadores residieron en la isla durante seis meses, dedicados a la sistematización de cuanta información oral sobre la cultura pascuense pudieron recoger sobre el terreno. Fruto de ese trabajo fue un libro menos conocido que las obras del capuchino alemán, pero no por ello menos importante: “La isla de Pascua” (3). En este volumen imprescindible se hace un somero pero solvente repaso de la historia y cultura pascuenses, y en su prefacio se traza un breve y agudo retrato de la sociedad rapanui a mediados de los años treinta del pasado siglo; una sociedad a la que Métraux describe sumida en el abandono, la ignorancia y la explotación.

Población, sociedad y economía contemporáneas.

Se calcula que en Pascua residen de modo permanente unas 3.700 personas. En los últimos años se ha establecido en la isla un número importante de chilenos –los “continentales”, o “contis”-, que ocupan puestos de trabajo en el sector turístico y el pequeño comercio. Se trata de una inmigración que busca mejorar su estatus económico, aprovechando para ello las facilidades que el gobierno chileno otorga a los colonos y también el reciente despegue del turismo en este rincón del mundo (unos 50.000 visitantes al año).

Así Pascua se ha ido “blanqueando”, aunque subsista una importante población mestiza y una población rapanui mayor de la que reconocen las instancias gubernamentales y turísticas chilenas, para quienes los aborigenes de la isla sumarían escasamente medio centenar de individuos. Otras fuentes calculan la población rapanui en un millar de personas.

Algunos extranjeros de origen europeo han instalado prósperos negocios en la isla, todos relacionados con el turismo: la mayoría de los hoteles, restaurantes y tiendas de mayor categoría que funcionan en Hanga Roa son propiedad de europeos establecidos en la isla. Los chilenos por su parte acaparan casi todos los comercios que ofrecen precios asequibles para los residentes, en tanto los mestizos y los rapanui explotan algunos humildes pequeños negocios familiares, que en general son los que están más en consonancia con el ambiente y el espíritu tradicionales de la isla.

La presencia de los militares chilenos, especialmente de las instalaciones y el personal de su Marina, es omnipresente y destaca en un espacio tan reducido; tampoco es muy discreta la presencia de policías de paisano. Semejante despliegue parece tener que ver más con la arraigada mentalidad autoritaria chilena que con hipotéticos conflictos que pudieran originarse en una isla pequeña, habitada por gente amable y hospitalaria y a la que por razones obvias accede un número reducido de turistas. La seguridad en Pascua es absoluta.
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Notas:
(1) La isla de Pascua y otros viajes, de Pierre Loti. Ediciones Abraxas, 2006.
(2) La tierra de Hotu Matu’a, de Sebastian Englert. Editorial Universitaria, 2004.
(3) La isla de Pascua, de Alfred Métraux. Editorial Laertes, 1995.

sábado, 10 de noviembre de 2007

8 etapas, 8 restaurantes


Una selección de sitios donde comer dando una vuelta completa al mundo y haciendo escala en las ocho ciudades en las que siguiendo ese trayecto, recalé durante el pasado mes de septiembre.
Cada uno de los ocho restaurantes es por su carta y por sí mismo, un lugar emblemático que vale la pena conocer.


1. La fonda del refugio (Ciudad de México).

Situado en plena Zona Rosa –es decir, en el centro comercial y de negocios de la capital mexicana-, “La fonda del refugio” es un local estrella dentro de la reducida nómina de restaurantes capitalinos que ofrecen auténtica gastronomía mexicana. Su cocina recorre todas las especialidades del país, y tienen el detalle de ofrecer platos en los que la presencia de picante se adecua al gusto europeo.

El local se halla agradablemente decorado como si fuera realmente una fonda de pueblo mexicano. La amabilidad y profesionalidad de sus camareros puede parecer incluso sorprendente en estos tiempos que corren; déjese aconsejar por ellos, y cenará como un príncipe azteca.Para acompañar, pida vino tinto de Baja California.

Y tras el postre y para facilitar la digestión, nada como unos vasitos de tequila con limón y sal acompañados de “sangrita”.


2. Donde Augusto (Santiago de Chile).

El Mercado Central de Santiago se halla próximo al núcleo de calles peatonales y centros comerciales de la capital chilena, y ocupa un edificio de estructura metálica que recuerda a los mercados europeos del siglo XIX. Actualmente todo él está destinado a acoger restaurantes especializados en pescados y mariscos, el más célebre de los cuales es “Donde Augusto”.

En “Donde Augusto” sirven frutos del mar de calidad extraordinaria, preparación sencilla y precio más que razonable para el bolsillo europeo, en un concepto de local a medias entre la marisquería clásica y el bar de tapas español.Acompañe la comida con cualquier vino blanco chileno bien frío; todos son excelentes.


3. La taverne du pecheur (Hanga Roa).

En el diminuto puerto de Hanga Roa, el pequeño poblado que ejerce como capital de la isla de Pascua, está “La taverne du pecheur”, un restaurante de pescado y frutos del mar sencillamente memorable. El local, pequeño y limpio, ocupa una auténtica cabaña de pescador, y está decorado con un sinfín de objetos marineros.

A la entrada del restaurante hay un rótulo en el que un simpático Obelix carga con un moai en vez del tradicional menhir, en lo que constituye toda una declaración de principios de su propietario, un francés amistoso y parlanchín con el que es un placer conversar. El hombre tiene además un parecido asombroso con el famoso personaje de las historietas de Goscinny y Uderzo.

Las materias primas usadas en su sopa de pescado, el pez “pissi” al horno y las langostas de medio kilo, entre otros deliciosos platos, son capturadas cada noche por los pescadores que amarran frente a este lugar atractivo y acogedor. Acompañe con vinos blancos chilenos. Después, con el café, pida una copita de Calvados, y ya tendrá para siempre un lugar en el corazón del propietario.

Eso sí, a la hora de encargar los platos tenga en cuenta que las raciones son mastodónticas, verdaderamente a la altura de la voracidad de un Obelix.


4. Le Rètro (Papeete).

“Le Rètro” es la terraza más célebre de Papeete, la capital de Tahití. El local, una mescolanza de cervecería, bistrot y cafetería, se abre sobre el puerto y el paseo marítimo de la pequeña ciudad capital de la Polinesia Francesa.

Al mediodía y al atardecer la terraza suele estar llena, pero dentro del local encontrará espacio suficiente y además podrá dar un vistazo a su decoración interior, que no desmerece de un bistrot del Quartier Latin parisino.

En “Le Rètro” ofrecen platos ligeros, y resulta muy aconsejable para tomar algo rápido por la noche. Pida alguna ensalada completa o sus pizzas de masa fina, y acompañe con la deliciosa y refrescante cerveza tahitiana Hinano.


5. Jordon’s (Sidney).

El restaurante “Jordon’s” se encuentra en Darling Harbour, la marina de Sidney, muy cerca del Museo Marítimo y casi enfrente, al otro lado del puerto, del Acuarium.

El local es moderno y luminoso, con cierto aire mediterráneo –como todo Darling Harbour, por otra parte-, y dispone de terraza abierta sobre el paseo marítimo que circunda el antiguo puerto.

En “Jordon’s” se come “sea food”, es decir, frutos del mar. En su carta se encuentra desde la pura cocina del Mediterráneo –mejillones al vapor, por ejemplo-, hasta aproximaciones muy logradas a la cocina oriental del mar; excelente su “sashimi”, y algo menor en nivel su pasta con “sea food”.

Acompañe con vinos australianos –el precio de los vinos europeos allí es prohibitivo-: son aceptables para el paladar europeo, aunque aún estén lejos de alcanzar un nivel competitivo con los caldos del Viejo Continente.


6. Harbour View (Manila).

En en el barrio La Luneta de Manila, a tiro de piedra de Rizal Park y de Ermita, hay media docena de restaurantes apiñados junto al mar. Uno de ellos, “Harbour View”, ocupa un antiguo pantalán que se introduce en el mar de la bahía de Manila, como un dedo frágil batido por los vientos y la lluvia durante la temporada húmeda.

“Harbour View” es un lugar austero, sin lujos decorativos y una carta más bien corta, pero donde se ofrecen productos del mar de mucho interés. Pruebe sus estupendos calamares rebozados, herencia española, y el magnífico Blue Merlin, lomo de pescado de la zona.

Para beber, cerveza San Miguel en versión filipina, una pilsen que dicen es la mejor cerveza del mundo y que, como mínimo, es equiparable a las grandes pilsen checas.Precios muy asequibles para cualquier bolsillo, y personal discreto y rápido.


7. King’s-Lodge (Hong Kong).

En pleno corazón de Kowloon, en Chatam Road South, “King’s-Lodge” ofrece cocina tradicional china con un toque de modernidad. Vegetales, pescados y fideos combinan olores, sabores y texturas en una sinfonía a veces difícil para el paladar occidental.

Lo mejor de la experiencia de comer en “King’s-Lodge” es sin duda el descubrimiento de una cocina auténtica y milenaria, que nada tiene que ver con el adocenamiento de la restauración supuestamente china que se practica en Europa y América.

Sus platos aportan sorpresas que en ocasiones pueden dejarnos perplejos en cuanto a la variedad de ingredientes y a sus características individuales, pero el conjunto es siempre agradable y delicado. Para beber, agua, refrescos o cerveza San Miguel filipina.


8. Aneka Rasa (Amsterdam).

El restaurante Aneka Rasa de Amsterdam se anuncia como “auténtico restaurante indonesio”, una forma de diferenciarse de la multitud de restaurantes de cocina sucedánea de este país del Sudeste Asiático, cuya gastronomía al parecer encanta a los holandeses, sus antiguos colonizadores.

El caso es que realmente, Aneka Rasa ofrece platos de calidad y ceñidos a la realidad culinaria del recetario indonesio sin concesiones ni aggiornamientos, en un ambiente cuidadamente espacioso, minimalista y pulcro.

La cocina indonesia resulta variada, delicada y sabrosa. En ella son omnipresentes el arroz y las especias picantes, y se notan fuertes influencias de culturas gastronómicas próximas como la India, China y Malasia. Sopas, carnes y pescados constituyen la base de sus platos, todos recomendables.

Para beber, zumos de frutas, vino por copas o cerveza Oud Bruin de Heineken, una magnífica cerveza negra un punto dulce que fabrica la conocida marca holandesa líder de las cerveceras europeas.